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Formentera

Formentera, la isla más deseada

Buceo

El lugar que atrapó a Julio Verne o Bob Dylan vive a golpe de chiringuitos ‘chill out’ y playas turquesas situadas entre las más bellas del mundo. También hay que rastrear sus mercadillos, sus hoteles rurales y sus faros con historia. Si es en bici, mejor

El otro playón de Formentera

La isla pitiusa en sus mejores horas

Mucho antes de que Julio Medem inmortalizara su faro del Cabo de Barbaria por los siglos de los siglos en Lucía y el sexo (2001) (¿quién no recuerda a una salvaje, jovencísima y morena Paz Vega en bicicleta?), otro Julio, Verne esta vez, ya había puesto a Formentera en su mapa literario. Y eso que no hay constancia de que el escritor pisara la más pequeña de las Islas Baleares habitada -tiene 20 kilómetros de largo y dos de ancho- ni una vez en su vida. Pero su geografía, tan lunar y desolada a ratos, le sirvió de inspiración para su novela Hèctor Servadac (1877), en la que el protagonista realiza un viaje a través del Sistema Solar.

Y no se le ocurre mejor lugar para despegar que un paisaje parecido al de La Mola, la zona más elevada (y de las más impresionantes) de la isla, suspendida sobre un acantilado a 120 metros. Incluso se cree que «el faro del fin del mundo» que se inventó Verne es el que está al borde del despeñadero. Justo al lado, a través de una placa se agradece al autor francés que se acordara de este sobrecogedor paraje azotado por los vientos.

No lejos, en el molino viejo de La Mola, dicen que vivió Bob Dylan durante los hippies años 60, cuando la isla atrajo a celebrities por el estilo (de Jimi Hendrix a los Rolling Stones) en busca de paz y amor. De aquel espíritu libertario no queda mucho, aunque comparada con la vecina y fiestera Ibiza, Formentera sigue siendo un oasis de serenidad donde los días pasan más lento y la naturaleza medio virgen todavía se cuela por las esquinas. Como ejemplo, existen 32 rutas verdes, perfectas para recorrerlas a pie o en bici, el medio de transporte top junto a la mítica vespa.

Por algo son dos de los símbolos de la isla más deseada del momento. Igual que las idílicas puestas de sol en chiringuitos de aire chill out más idílicos todavía -lo que cobren la mayoría, que no es poco, es cosa aparte-, las fachadas en azul y blanco, los molinos de viento (hay seis), las ensaladas payesas (la clave es el pimiento, rojo y verde), los huertos ecológicos, las lagunas como Estany d’es Peix o Pudent, los bosques de pinos… Por cierto, de ellos viene lo de isla «pitiusa»:«pity» es pino en griego. Faltaría un paseo por los mercados artesanales como el de La Mola, donde las instagramers lucen palmito con su capazo de rafia (o mimbre de toda la vida) a cuestas.

Allí comenzó a vender sus joyas hechas manos el diseñador Enric Majoral, que dejó su Sabadell natal en los años 70 para asentarse aquí y convertirse en una referencia del sector a nivel mundial. «Para mí, Formentera es un espacio de reconstrucción, de renovación de energías. Es fuente de inspiración». Y eso se nota en cada pieza de Majoral, que atrapa un pedazo de Mediterráneo.

Hay que hablar también, claro, de las playas de aguas turquesas que ni en el Caribe. Es más, algunas como la de Ses Illetes ha sido elegida varios años la mejor de España y de Europa y la séptima del mundo por los usuarios de portales como Tripadvisor. Las praderas de posidonia, la planta endémica que cubre sus fondos Patrimonio de la Unesco desde 1999, tienen la culpa de la increíble transparencia. Para su protección, el Patronato de Turismo promueve un programa de apadrinamiento de cada metro cuadrado de posidonia mediante eventos, «cuya culminación será el festival Save Posidonia de octubre, con todo tipo de actividades deportivas, culturales y medioambientales», añade Carlos Bernús, gerente del Patronato.

Calas y playas escondidas

Aunque Ses Illetes se lleve los galardones (y las masas de turistas), hay otras muchas playas, menos concurridas, que merece la pena explorar. Léase la de la península de Es Trucadors, una larga lengua de arena situada al norte. O la de Llevant, salpicada por alguna que otra superficie rocosa. S’Espalmador es una isla privada, pero de disfrute público. Lo de Es Caló des Mort son palabras mayores. Igual que Cala Saona o los alrededores de Es Caló de Sant Agustí, un pueblo de pescadores de los que ya casi no quedan. En él hay que probar el clásico peix sec, pescado secado al sol de forma artesanal y conservado en aceite. El tour playero sigue en la de Migjorn, al sur, con una arena tan blanca y fina que parece harina.

Allí está uno de los chiringuitos históricos, el Pirata Bus, creado en los 70 por un aragonés llamado Pascual (o Pirata), que transformó un destartalado autobús en un bar. Y a 250 metros de la parte más virgen de la playa se encuentra Casbah, un hotel de arquitectura orgánica escondido entre pinares y sabinas. Porque lo que se estila aquí es esto: refugios rurales con encanto en medio de la nada donde lo único que te despierta por la mañana es el trinar de los pájaros. Los megaresorts de lujo se los queda Ibiza. «Es el lugar para desconectar,sobre todo en los jardines de naranjos», cuenta Alba García, una de sus clientas y fans. El director, Juan Vicente Boned, destaca el paisaje, «entre higueras, amapolas y ovejas pastando».

La ruta por la Formentera más auténtica acaba en bodegas como Terramoll, que trabaja con «variedades autóctonas cultivadas de forma tradicional», según detalla su enólogo, José Abalde. De hecho, sus vinos (Es Monestir es la estrella) reflejan el espíritu de la isla a través de la luz y el color tanto en el diseño de las botellas como a la hora de la cata.